En la comedia "De mendigo a millonario", dos ricos burgueses arrojan a la pobreza a un joven millonario, Louis (interpretado por Dan Aykroyd) y en su lugar colocan a Billy, un negro pícaro y marginal (Eddie Murphy). Al rico le pasa lo que Cristina vaticinó ayer a los que critican a quienes reciben planes Trabajar: vayan a vivir dos días la vida de personas empujadas a la marginalidad y cuenten cómo la pasarían.

En la película la historia es graciosa; en la vida real, es un drama que pone a la gente en un péndulo que va de la solidaridad a la discriminación porque muestra la forma en que se vinculan los grupos sociales. La apuesta de la película era si la causa de que alguien sea pobre o rico es genética o social, y a partir de ahí las respuestas se multiplican. ¿Basta una ayuda de dinero (o su falta) para cambiar las condiciones de vida y la identidad de un grupo social?

Los funcionarios parecen creerlo así. Por eso las estrategias para dar ayuda a familias como la de Barbarita Flores terminan fallando, después de 10 años, porque no los sacaron de la pobreza a ellos ni tampoco estimularon cambios en su grupo social. Pensaron que darles colchones y casillas a unos bastaba para que todos salgan por sí mismos de la pobreza y que encima, empiecen a actuar como burgueses.

En "De mendigo a millonario", Billy y Louis terminan uniéndose y vengándose de los burgueses juguetones. Pero la vida real no es una comedia y no hay castigo contra los que hacen que nunca cambien los dramas de la pobreza.